Beatriz Sarlo, cien días antes del estallido del 19 y 20 de diciembre de 2001, publicó una obra que tituló Tiempo Presente, donde reflexionaba, entre otros temas, sobre las huellas macabras del neoliberalismo de Carlos Menem y Fernando de la Rúa. El texto tiene 25 años. Una vigencia abrumadora.
La lista de lo que nos falta es interminable. Cualquiera puede anotar los temas. Somos una formidable tarea inconclusa. Debe haber algo, sin embargo, que permita pensar el contorno preciso del vacío: ¿qué forma tiene lo que nos falta?
Yo le daría la caracterización moral y jurídica de la deuda. Las naciones modernas surgieron sobre la base de promesas: pertenecer a la nación quiso decir se titular de un crédito cuyo cumplimiento la nación debía garantizar. Este crédito son nuestros derechos y, por definición, es inagotable en la medida en que el espacio cultural de nuevos derechos no queda limitado de una vez y para siempre.
La imposibilidad de ejercer un derecho equivale a una sustracción: la magnitud de lo que se pierde aumenta con el tiempo; crece, dramáticamente, cuando otros campos de derecho se abren para algunos y excluyen a la mayoría.
En la Argentina se ha contraído una deuda: el Estado no garantiza aquello que se había obligado a garantizar para ser reconocido legítimamente como Estado. En pocas palabras, no asegura los derechos. Por el contrario, en el caso de los derechos sociales actúa como si no formaran parte de la cuenta de un crédito impago.
La Argentina vive, entonces, como acreedora de sí misma porque millones de personas no pueden ejercer sus derechos de los que son titulares.
La deuda es la forma actual de la realización incompleta de nuestra vida en sociedad. A diferencia de las deudas comunes y corrientes, esa deuda puede no ser percibida como tal incluso por quienes tienen más necesidad de que se la reconozca. La deuda asume, además, una dimensión histórica irreparable, porque deja marcas que no se borrarán con el cumplimiento futuro de las obligaciones. Aun cuando se la pague, las heridas de la deuda no cierran del todo.
Quiero decir que, incluso en una situación más benigna, el perjuicio subsistirá para quienes no pudieron acceder a los bienes materiales o simbólicos que necesitaban de modo perentorio, para quienes vieron que su vida se percudía como consecuencia de la deuda impaga. Se han deteriorado los cuerpos que no admiten ni dilación ni diferimiento de lo prometido.
Los cuerpos no mienten. Hay decenas de miles de jóvenes sin dientes en las villas miseria que rodean Buenos Aires. Hay decenas de miles de chicos que no comen todos los días, panzones y achaparrados, raquíticos y vulnerables. Hay decenas de miles de adolescentes que nunca salen de las manzanas de su barrio, por miedo, por distancia cultural, por diferencia material. Otros miles dejan el barrio para siempre y son los habitantes de la noche, de los túneles, de los umbrales y los andenes. Esos cuerpos grabados por la miseria quizá puedan recibir mañana un alimento que nunca compensará el que no recibieron hoy.
Los cuerpos están siendo maltratados, injuriados, despreciados, sometidos.
Hace años no parecía posible escribir estas frases en la Argentina. Y hoy son verosímiles, aunque se discutan porcentajes o responsabilidades. Los cuerpos no dejan mentir; forman la ola que desembarca sobre las estaciones, las calles y los subterráneos de Buenos Aires, desde las nuevas y viejas villas miserias. Los que recorren el cinturón que rodea la ciudad, vuelven con historias literalmente increíbles, en las que los cuerpos provocan asombro, distancia y escándalo: los niños adormilados por el hambre, los bebés catatónicos, los viejos enloquecidos por la privación, encerrados en la obsesión de su miseria, los cuerpos inclinados de los hombres jóvenes rechazados por un mercado que no los necesita. Marcas de situaciones indignas aparecen en los cuerpos de los excluidos, acreedores de la deuda impaga.
Una sociedad no se sostiene solo en sus instituciones, sino en la capacidad de generar expectativas de tiempo. El cuerpo y el tiempo están unidos: eso es una vida, un cuerpo en el tiempo. La deuda es también una deuda de tiempo, porque cuando el cuerpo no recibe lo que necesita, el tiempo se vuelve abstracto, inaprensible para la experiencia: cuando un cuerpo padece, sale del tiempo de la historia, pierde su posibilidad de proyectarse hacia adelante, borra las señales de sus recuerdos.
Los pobres tienen cuerpos sin tiempo. Por eso parecen tan viejas esas mujeres de treinta años con sus ocho hijos y su marido desocupado o preso. Por eso parecen aniquilados los cuerpos de los viejos pobres. El tiempo ya ha pasado por completo sobre ellos: han nacido, han crecido, han envejecido en el lapso en que un joven próspero está entrando en la primera etapa de la madurez.
Sin tiempo de proyecto y de futuro, los cuerpos corren los riesgos provocados por la deuda impaga: la violencia, la ruptura de todas las tramas sociales, la droga salvaje y el tetrabrik salvaje son los desafíos aceptados como única afirmación posible de la identidad. Donde se ha roto la expectativa de un tiempo futuro, donde ya nadie se siente acreedor ni titular de derechos, los cuerpos se rebelan en la violencia.
La deuda social ha herido el cuerpo. Acostumbrados a pensar a los ciudadanos de un modo abstracto, sería bueno que los pensáramos en esa materialidad que estalla en las necesidades incumplidas, cuyo pago diferido es irrisorio porque las consecuencias de no haber recibido nada en término han transformado por completo al acreedor. El Estado pierde las bases de su legitimidad frente a los cuerpos destrozados por incumplimiento de un pacto que nos hace a todos titulares de derechos. La deuda impaga pesa sobre los cuerpos. Frente al destrozo de la miseria, salvo que se mire hacia otra parte, los cuerpos ofrecen la inscripción de lo adeudado, que además, por estar escrita en ellos materialmente, puede ignorarse, pero no borrarse.
¿Cómo sentirse parte de una nación si no es a través de un imaginario articulado en signos de pertenencia concreta?
Cuando ser argentino no significa ni trabajo, ni comida, ni tiempo, vale poco ser argentino. La nacionalidad no es solo imaginaria. Se arraiga en su inscripción material sobre los cuerpos. Cuando después de las dictaduras y aventuras nacionalistas la cuestión nacional parecía, en buena hora, cerrada para siempre, ella reaparece bajo una forma elemental de reclamo de nacionalidad: el pago de una deuda que es la condición de una sociedad a la que entregamos parte de nuestras libertades para que ella exista y nosotros existamos en ella como ciudadanos.
Queda bastante poco de lo que la Argentina fue como nación. Las instituciones que producían nacionalidad se han deteriorado o han perdido todo sentido. Pasan a primer plano otras formas de identidad, que existieron antes, pero que nunca como ahora cubren los vacíos de creencia e incluyen a quienes, de otro modo, se abandona. Del estallido de identidades no surgió una nación plural, sino una supervivencia pulsátil. La nación se perdió en el extremo laberinto de la pobreza.
Fragmento del libro de Beatriz Sarlo, Tiempo presente, notas sobre el cambio de una cultura, Siglo XXI, Buenos Aires, 2001
Foto: Nora Santana, Incendios en Chubut– 2025 (edición www.purochamuyo.com)
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