LA INFLACIÓN QUE NACE DE LA TIERRA

Escribe Germán Pinazo

Con el comienzo del nuevo milenio se comenzó a verificar un fenómeno que afecta al conjunto de la población mundial, y particularmente a los sectores mayoritarios, con menores ingresos: la inflación de los alimentos.


Ese aumento en los precios de los alimentos1 de las últimas dos décadas, a un ritmo promedio del 2,6% anual2, revirtió una tendencia inversa que duró casi 40 años. Efectivamente, como señala la F.A.O., “aunque la población mundial se duplicó entre 1960 y 2000 y los niveles de nutrición mejoraron notablemente, los precios del arroz, trigo y maíz (los principales alimentos básicos del mundo) disminuyeron en torno al 60 por ciento”3.

Algunos de los interrogantes que motivan este artículo son

  • ¿Cuáles son los factores detrás de esta reversión de tendencia?
  • ¿Qué consecuencias ha tenido y puede tener este fenómeno sobre la periferia latinoamericana?

La respuesta parece encontrarse en dos fenómenos que, relacionados entre sí, han tenido además consecuencias tanto sobre el perfil productivo de los países productores de alimentos, como sobre el uso y la propiedad de la tierra: por un lado la industrialización y urbanización acelerada de China e India (sobre todo del primero), junto a los cambios en los patrones de consumo de alimentos de esos países, y, en paralelo la decisión del capital -vinculado a lo anterior- de establecer la financiarización de los productos agrícolas.

Para explicar la incidencia en Argentina, en los usos de la tierra y en lo que se dio en llamar ‘proceso de sojización’, vamos a adentrarnos primero en ese fenómeno de los dos gigantes de Asia.

Dicho muy esquemáticamente, desde 1978 China viene llevando adelante una serie de reformas económicas que, arrancando por lo que se denominó como sistema de responsabilidad familiar en la agricultura y la creación de las llamadas Zonas Económicas Especiales en las provincias de la costa este, tuvieron como propósito la apertura de cada vez más espacios para la organización privada del trabajo social.

Este proceso, que se produjo de manera paulatina pero progresiva, coincidió con un momento en la historia del capitalismo donde las empresas con capacidad de operar a escala transnacional, originarias de los países centrales, se encontraban redefiniendo sus estrategias productivas y comerciales globales. Si antes sólo producían en países periféricos sin tradición industrial (en los casos en donde producían) modelos viejos de productos ya desarrollados y amortizados en sus casas matrices, a partir de la década del `90 del siglo pasado, pero sobre todo después de los 2000, comenzaron un proceso donde comenzaron a trasladar determinadas partes de los procesos productivos (en la medida en que las condiciones tecnológicas y los costos de transporte lo permitieron y lo hicieron rentable) a países sin tradición industrial, con el propósito de aprovechar sus bajos costos laborales. India, y sobre todo China, fueron los grandes receptores de estas nuevas filiales, en una dinámica que las transformó completamente y que transformó al capitalismo entero.

En los siguientes mapas se puede observar cómo ha crecido el comercio mundial de productos agrícolas entre los años 2000 y 2016 y cuál ha sido el rol de China e India en ese proceso.

Medida en dólares corrientes, ese comercio ha crecido 2,71 veces, motorizado en gran medida, por la demanda importadora de China, que en 2016 se convirtió en el principal importador mundial de dichos productos (con 117 billones de dólares, un 25% más de lo que importa el segundo, Estados Unidos) y de India.

Mapa: Comercio mundial de productos agrícolas Año 2000-2016
Mapa del comercio mundial de productos agrícolas año 2000

El tamaño de las flechas es proporcional a la magnitud del intercambio comercial. En rojo la magnitud exportadora y en azul la importadora. Los mapas intercativos se pueden consultar en https://resourcetrade.earth/data?year=2000&category=1&units=value.

Mapa del comercio mundial de productos agrícolas 2016

En paralelo, y en parte alimentado por estos procesos, a comienzos de la década del 2000 empieza a producirse el segundo de los fenómenos: la financiarización de los productos agrícolas.

De manera contemporánea a la caída en el atractivo de las “acciones punto com”, distintos grupos de inversores comenzaron a ver, asociado a la tendencia alcista de los precios, al mercado agrícola como un lugar donde realizar ganancias con una seguridad que otros espacios no ofrecían. Comienza así un período donde se implementan varias medidas de desregulación de dicho mercado que además comienza a estar atravesado por diverso tipo de herramientas financieras que le eran ajenas o no estaban difundidas como comenzarían a estarlo.

Es así que se eliminan topes para las posiciones que cada inversor puede tener en el mercado de futuros, a la vez que se introducen los famosos “derivados” a partir de los cuales los inversores se cubren del riesgo financiero. Como señalan Allami y Cibils (2017, p. 92)

A partir del año 2000, con el fuerte aumento de los precios de los commodities agrícolas, distintos inversores comienzan a invertir en los mercados a futuro, buscando realizar ganancias, diversificar sus portafolios y reducir riesgos. Esa posibilidad se vio favorecida por la desregulación del mercado de futuros de Chicago y la creación de nuevos instrumentos financieros como los derivados. Asimismo, durante la década de 1990 se crean varios mercados de materias primas en los cuales los fondos de cobertura de riesgos y bancos de inversión pueden contratar futuros sin limitación alguna y sin ningún control sobre su operatoria (Gras, 2013). Así, la desregulación financiera de las últimas décadas ha provocado que las conexiones entre los mercados financiero y alimentario se hayan vuelto más intensas e intrincadas debido a la complejidad que adquirieron los productos de cobertura de riesgo y al aumento de los derivados que se comercializan en los mercados. En algunos casos, estos derivados de materias primas agrícolas han fusionado los activos de materias primas agrícolas y no agrícolas, vinculando fuertemente las materias primas alimentarias a otras materias primas en los mercados financieros.

La magnitud del dinero involucrado es significativa. Bicchetti (2012, p. 3-4) señala que el volumen de dinero vinculado al intercambio de derivados de commodities en dichos mercados es al día de hoy veinte o treinta veces mayor que el equivalente a su producción física. Es decir, estamos hablando de una cantidad de dinero tal, que gracias a esas herramientas financieras, tiene una enorme capacidad de disociar los precios de los alimentos de sus condiciones “físicas” de producción.


  • EL ROL QUE LAS FINANZAS LE IMPONEN A AMÉRICA DEL SUR

El perfil de producción alimenticio de América del Sur se ha visto fuertemente atravesado por estas tendencias, con importantes consecuencias tanto sobre los precios de sus productos como de sus cantidades producidas. Algunos datos a modo de ejemplo. Según la FAO, entre 1974 y 2014 el área sembrada se multiplicó 1,8 veces en Argentina, 1,83 en Brasil, 7 veces en Paraguay, y 2,1 veces en Uruguay. En ese contexto, el peso de la soja en dicha área pasó del 2,1% al 56% en Argentina, del 12,4% a casi el 40% en Brasil, del 15,5% al 60% en Paraguay y del 0,6% al 57,5% en Uruguay.

Gráfico Nº1: Variación del Indice de Precios de los Alimentos de la FAO. 1961-2017
FUENTE F.A.O.

El impacto de lo anterior claramente no es neutro. Los beneficios del nuevo perfil productivo y de los nuevos escenarios de precios obviamente no son los mismos para quienes son dueños de la tierra y/o tienen la capacidad de invertir en los mercados de commodities, que para quienes no lo son o no la tienen.

En un informe que ya tiene algunos años, el Banco Mundial (2008, p. 4) (¿con algo/mucho de cinismo?) señalaba, hablando de América Latina, que

la población pobre debe hacer frente a una inflación que es cerca de tres puntos porcentuales más alta que la tasa general en años donde la inflación superaba en muy pocos países el 15% anual-. Debido a que la población pobre dedica una mayor proporción de su presupuesto a alimentos y debido a que el precio de los alimentos ha aumentado más rápidamente que la inflación general, el índice de precios de la población pobre también ha aumentado más rápidamente que los índices de precios al consumidor en todos los países donde se han obtenido datos, a excepción de República Dominicana y Haití.

Los países, como Argentina, que han participado de ese boom sojero y del paquete agroindustrial generalizado, establecieron en esos 3 quinquenios una serie de políticas que, vía transferencia de ingresos, han financiado una mejora en los niveles de subalimentación de la población. Las estadísticas de la FAO indican que la subalimentación en toda América Latina y el Caribe se redujo de alrededor del 12% del total de la población en los primeros años 2000, al 6,4% en 2016. Seguramente gran parte de esta reducción haya que buscarla en el impacto que ha tenido este “boom” de los commodities en el nivel de actividad de los países de la región.

Al mismo tiempo (sin analizar aquí las intensas polémicas en torno al paquete tecnológico, el uso de agroquímicos y fertilizantes) la commoditización de gran parte de los productos alimenticios acarrea varios problemas.

En primer lugar, subordina el perfil productivo de los países a las necesidades vinculadas a los cambios en la geografía económica internacional (priorizando ciertos cultivos, y desplazando otros, obviamente no en función de las necesidades de alimentación de la población, con los consecuentes impactos en materia de precios y escasez); en segundo, limita fuertemente la capacidad local de operar sobre los precios de los alimentos que tienen un peso importante en las canastas de consumo de las grandes mayorías más vulnerables; en tercero, y sumamente importante para comprender la situación argentina actual, los vincula directamente al precio del dólar, lo que en economías que tienen (y han tenido históricamente) serios problemas de escasez de divisas es un problema sumamente importante.

Todo lo anterior se ve agravado por el problema de la propiedad, no necesariamente de la tierra, pero sí del negocio, y su subordinación a lógicas productivas, comerciales o especulativas globales que -como ocurre en Argentina- no son compatibles con las necesidades del grueso de la población. Al eterno problema del desigual acceso a la tierra4 en la región, se le suma una novedosa forma de vínculo entre empresas extranjeras y viejas familias de empresarios locales.

A diferencia de África, cerca de un tercio de la inversión en tierras en América Latina procede de países de la misma región, en un flujo de capitales que buscan un menor precio de la tierra, disponibilidad de agua, oportunidades comerciales, beneficios fiscales y otros incentivos. Las empresas brasileñas, por ejemplo, impulsaron el boom de la soja en Bolivia y Paraguay, y también controlan la exportación de carne desde este último.

La tierra se ha convertido en un activo al alza y un refugio más seguro para inversores institucionales tales como fondos de pensiones, fondos soberanos y agencias de gobierno. El número de fondos de inversión operando en los sectores de agricultura y alimentación pasó de 33 en 2005 a 240 en 2014, manejando unos 45.000 millones de dólares en activos a escala mundial. Mediante sistemas conocidos como “pools de siembra”, reúnen capital procedente de múltiples inversores con el que adquieren o alquilan tierras donde producir materias primas para la exportación de manera muy tecnificada y a una escala nunca vista.

El dominio cada vez mayor de las corporaciones translatinas, los actores financieros internacionales y las multinacionales del negocio agrícola tiene consecuencias sociales, económicas y sobre todo políticas que no han sido suficientemente estudiadas, en gran medida debido a la opacidad en la que actúan. A menudo operan a través de filiales o alianzas con empresas locales, por lo que su participación no siempre resulta evidente. Pero sin duda ejercen una poderosa influencia en los espacios de decisión nacionales e internacionales sobre las medidas de política y los marcos normativos que afectan a sus intereses. (OXFAM, 2016, p. 43).

Dicho de manera esquemática, estamos en presencia de un negocio controlado en gran medida por fondos productivos/especulativos globales5, subordinado a lógicas productivas/especulativas globales, que definen qué se produce, cómo y a qué precio en las economías de la región y que además, a través de la privatización de dos recursos estratégicos clave (los alimentos y las divisas6) tienen poder de vetar cualquier decisión de los Estados que vaya en contra de sus intereses.

De ahí que el ‘problema del dólar’ y ‘la inflación en la canasta de alimentos’ sean problemas mucho más complejos que la coyuntura 2018.


  • Germán Pinazo– Investigador-Docente en Universidad Nacional de General Sarmiento – Doctor en Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA) –  Autor de ‘El desarrollismo argentino / una mirada crítica desde la industria automotriz’ 
  • ver también: https://purochamuyo.com/desarrollo-industrial-con-cerveza-artesanal-no-da/

 


1 Se calcula sobre la base de la media de los índices de precios de 5 grupos de productos básicos ponderados por las cuotas medias de exportación de cada uno de los grupos para 2002-2004. En el índice general figuran 73 cotizaciones de precios que los especialistas en productos básicos de las FAO consideran representativos de los precios internacionales de los productos de alimentos.
2 https://www.thebalance.com/why-are-food-prices-rising-causes-of-food-price-inflation-3306099
3 http://www.fao.org/docrep/004/y3557s/y3557s06.htm
4 En un informe de 2016 la fundación OXFAM señalaba que “en total, en la región, las pequeñas fincas utilizan menos del 13% de la tierra productiva y su superficie promedio es de 9 hectáreas en América del Sur y 1,3 hectáreas en América Central”. La definición de “pequeña finca” varía según el país. En Argentina, por ejemplo, se habla de superficies menores a 500 hectareas, y en Bolivia de propiedades menores a 20 hectáreas. Al respecto, consultar https://d1tn3vj7xz9fdh.cloudfront.net/s3fs-public/file_attachments/desterrados-full-es-29nov-web_0.pdf .
5 El control transnacionalizado no se limita solo al ámbito de la producción. En argentina, en 2016, diez empresas controlaron el 63% de las exportaciones de granos, entre las cuales se destacan Cargill, Bunge, Nidera y Dreyfus. Al respecto ver https://www.bcr.com.ar/Pages/Publicaciones/informativosemanal_noticias.aspx?pIdNoticia=82
6 En FAO (2014) se calcula que más de la mitad de la superficie pampeana en la Argentina se encuentra bajo control de estos “pools” de siembra.

  • Referencias

Allami, C., Cibils, A. (2017). Financiarización en la periferia latinoamericana: deuda, commodities y acumulación de reservas. Revista Estado y Políticas Públicas, 5 (8): 81-101.

Banco Mundial (2008). El alza mundial del precio de los alimentos y sus efectos en América Latina y el Caribe.

FAO (2014) Agricultura familiar en América Latina y el Caribe: recomendaciones de política, Salomón Salcedo y Lya Guzmán (eds.), Santiago, Chile

OXFAM (2016). Desterrados, tierra, poder y desigualdad en América Latina.

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