A noventa años de la Guerra Civil
Escribe Gustavo Provitina
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La trágica voracidad de la libertad
“Ella se alimenta de muertos” escribió Raúl González Tuñón en su poema La libertad. Pensada en esos términos, la libertad, desde el foco rebelde del poeta, asumía las proporciones de una bestia insaciable, sacrificaba su significado primigenio, liber, que en la Roma antigua designaba al joven libre, emancipado, incluido en la comunidad, a diferencia del esclavo. En el poema de González Tuñón ansiar la libertad es ofrecerse en sacrificio. La voracidad de la libertad mentada por el poeta no es abstracta, ni fatalmente idealista para quienes pagaron con su vida el afán de conquistarla. La libertad en la que pensaba el autor de La rosa blindada afiló sus dientes en los frentes de combate que él conoció en la España sangrienta de la guerra civil.
Coherente con sus principios morales, Tuñón entendió que no podía seguir los acontecimientos de la guerra desde lejos y, en 1937, aceptó cubrirla como corresponsal del periódico Nueva España. Afiliado al Partido Comunista, González Tuñón, descubrió, como lo haría León Rozitchner algunos años después, que el cuerpo es el lugar de la coherencia y representa el campo de batalla desde donde se emprenden todas las luchas. Armado con la elocuencia de su voz y la claridad de sus ideas conoció de cerca la libertad, en tierra española, sin dejarse devorar por ella. Una experiencia similar pero en el frente de combate la tuvo otro escritor que acaso nunca se ha cruzado con González Tuñón, aunque compartían moralmente la misma trinchera: George Orwell.
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La memoria combativa de Orwell
Tierra y libertad, en el contexto de la lucha española, eran dos fuerzas imbricadas no sólo en la verba arriesgada del joven González Tuñón. Una ojeada rasante a los nombres de los intelectuales que asistieron al primero y al segundo Congreso Internacional de Escritores celebrados en París al promediar la década del 30 —y de los que Tuñón y Neruda fueron delegados de los literatos hispanohablantes— permite colegir la dimensión ecuménica de aquellas concentraciones. Unos meses antes de la partida del autor de La calle del agujero en la media hacia Madrid, en el último mes del año 1936, un joven escritor nacido en la India pero educado en Londres, George Orwell, desoyendo el pronóstico negativo de su amigo Henry Miller, resolvió embarcarse rumbo a Barcelona con una carta del Partido Laborista Independiente.
Pisó suelo catalán el 26 de diciembre de 1936 y, poco después de su acreditación como militante, Orwell se enroló en las filas del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). La motivación del escritor era por demás elocuente: detener el avance del fascismo impulsado por Adolf Hitler y Benito Mussolini como líderes fundadores, cuyo representante español sería el militar ferrolano Francisco Franco.
Orwell creía que si cada opositor al fascismo mataba, al menos, a un facho, ese mal acabaría por desaparecer en poco tiempo. No se planteaba, ni remotamente, la contradicción moral inherente al acto de eliminar violentamente al adversario. Había, tal vez, en ese joven, empleado de la librería de viejo Booklover´s Corner, que un buen día resuelve combatir en defensa de la Segunda República, un cierto aire al personaje de Tierra y Libertad (1995) la película de Ken Loach cercana a las memorias de aquella experiencia publicada por Orwell en dos textos: Homenaje a Cataluña (1938) y Recuerdos de la Guerra de España (1943).
Esa experiencia culminó en una crisis que convertiría a Orwell en un miembro de la izquierda opositora a las prácticas de la izquierda burocrática oficial, como observó Thomas Pynchon en su semblanza inigualable del escritor inglés. El pasaje por la guerra española le permitió a Orwell observar en detalle las inconsistencias ideológicas de los distintos frentes de resistencia, información inestimable para retratar las mezquindades y divisiones absurdas originadas en el tejido mismo de aquella estructura revolucionaria, escaneo preliminar a la redacción de la novela 1984.
Orwell descubre, en el frente de combate, que la guerra constituía la oportunidad buscada por la burguesía para avasallar a la clase obrera con la ayuda de los nazis. Raúl González Tuñón borda en la boca de una mujer que grita en el bosque, en las horas del bombardeo a Guernica, una pregunta estremecedora: ¿qué has hecho tú para evitar esto? El interrogante no busca la respuesta práctica, araña la conciencia moral y las trágicas derivaciones de la condición humana.
La pregunta bordada en el aire candente de Guernica para Orwell es otra: por qué razón aquellos milicianos de izquierda, dispuestos a ofrendar la vida, fueron abandonados a su suerte, traicionados, entregados a la sanguinaria voracidad fascista por quienes debían empoderarlos para garantizarles la victoria. Para Orwell los motivos políticos de los rusos en relación con la Guerra Civil Española pertenecen al orden de lo inescrutable. Las preguntas que dejó abiertas en Recuerdos de la Guerra de España no han perdido vigencia o, al menos, eso suponemos:
¿Intervinieron, como creen los rojos menos radicales, en defensa de la democracia y en pro del fracaso de los nazis? Si es así, ¿por qué lo hicieron de un modo tan cicatero, y al final dejaron a España en la estacada? ¿O intervinieron, como presumían los católicos, para fomentar la revolución en España? Entonces, ¿por qué hicieron todo lo que estuvo en sus manos para aplastar los movimientos revolucionarios españoles, defender la propiedad privada y entregar el poder a la clase media en vez de hacerlo a la clase obrera? O bien, como han sugerido los troskistas, ¿intervinieron con el único propósito de impedir una revolución en España?1
La conclusión que Orwell arriesga para responder el carácter de la política exterior de Stalin carece del rigor analítico que subyace a esas preguntas. Decir que ese esquema político era oportunista y estúpido, como afirma, es apresurado y oblitera la posibilidad de ahondar en las especulaciones geopolíticas de Stalin. Recordemos que la Guerra Civil Española fue la antesala de la Segunda Guerra Mundial.
La otra pregunta, esquiva a las respuestas ligeras, es por qué los movimientos de izquierda de diferentes países alentaron a los republicanos españoles a continuar una contienda bélica cuyas posibilidades de ganar eran prácticamente nulas. Orwell no impugna esa postal, la observa desde un cristal heroico: “luchar y perder es preferible, incluso desde el punto de vista de la supervivencia, que rendirse sin dar batalla” 2.
Para el escritor la guerra terminó a mediados de 1937, en Huesca, tras sufrir un disparo en el cuello perpetrado por un francotirador. La herida pudo haberlo matado pero el destino, afortunadamente, tenía otros planes y, con esfuerzo, logró sobrevivir. En una carta dirigida a Cyril Connolly, el autor de The rock pool, Orwell traza una estampa de su convalecencia:
“He recibido una herida fea, en realidad no muy grave, un balazo en el cuello, destinado a matarme, pero que sólo me ha producido dolores nerviosos en el brazo derecho y me ha dejado casi sin voz. Los médicos de aquí no parecen estar seguros de si recuperaré la voz o no. Yo creo que sí, porque unos días la tengo mejor que otros” 3…
Orwell volvió a Barcelona con su esposa, Eileen O’Shaughnessy, y fue testigo de las acusaciones cruzadas entre los diferentes bandos republicanos. Cuando el POUM pasó a la clandestinidad, el escritor y su consorte debieron huir de España.
La historia del resquebrajamiento de las diferentes tendencias militantes que luchaban contra el fascismo fue contada por Ken Loach en el filme Tierra y Libertad.
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Ken Loach: Tierra y Libertad
Ken Loach expresó en la pantalla el caudal de cavilaciones que las crónicas de Orwell sobre la Guerra Civil Española, habían reflejado.
Una serie de cartas recuperadas por la nieta del otrora miliciano comunista inglés David Carr, que combatió en España, enmarca la estructura narrativa y determina la focalización del relato. Sabremos, por lo tanto, en relación a la guerra, lo mismo que el protagonista. Veremos las hostilidades a través de sus ojos. Es una crónica epistolar. Las imágenes, por lo tanto, emergen de la conciencia de la nieta, de algunas fotografías añejas y de las palabras del abuelo. La memoria de la gesta seguirá viva en la memoria de los legatarios de cada combatiente, nos dice Loach.
En la hora del sepelio del abuelo militante, su nieta dejará caer un manojo de tierra española, gesto que nos recuerda el deseo de Antonio Machado cuando, forzado al exilio, antes de cruzar la frontera rumbo a Francia, tomó un puñadito de gleba y la guardó en una cajita con la que fue enterrado.
El joven David Carr viaja a Barcelona para integrarse a la lucha armada, comparte con el joven Orwell la edificante motivación de frenar el avance del fascismo y, también, el caudal de idealismo suficiente para creer que la magnitud de la causa sería superior a las especulaciones, mezquindades y divisiones políticas destinadas a contribuir a la frustración del plan de lucha del bando republicano. Es la historia de una desilusión. Loach fue rotundo en el diagnóstico:
“la guerra civil española también constituye uno de esos acontecimientos que desenmascaran al siglo veinte (…) saltó a la vista que los gobiernos británicos, franceses y estadounidenses habían apoyado a los fascistas, ya que una revolución en España iba a beneficiar a la clase trabajadora (…) El Partido Comunista, por su lado, intentó a toda costa -y a cualquier precio- llegar a un acuerdo con Gran Bretaña y Francia a expensas de la revolución obrera en España”4.
La escena bisagra de Tierra y Libertad, el núcleo del filme, es la asamblea de milicianos y trabajadores rurales que discuten la necesidad del colectivismo. Esa es la primera cisura en las filas de la organización. El desacuerdo compromete a quienes consideran justo compartir la tierra y los medios de producción, frente a quienes se oponen y prefieren trabajar su parcela solos. El tono de la discusión llega a su máxima ebullición cuando un personaje —que luego reconoceremos como un traidor o un infiltrado— monopoliza el discurso con la indiscreta pretensión de disolver el debate. La estrategia argumentativa que utiliza, además de burda, revela una flagrante subestimación de sus interlocutores: la prioridad es combatir al fascismo, repite, pero entre las rendijas de ese discurso respira un proyecto subterráneo, el boicot. Lo que se intentaba impedir desde un sector vinculado a poderosos intereses políticos internacionales era el único acto decisivamente revolucionario que podía tener lugar en ese contexto de miseria y desocupación: otorgar el cultivo y explotación colectiva de la tierra a los trabajadores, permitiéndoles organizarse de acuerdo a sus necesidades. Loach describe la premisa general de la película con el vigor de lo categórico:
“En realidad trataba sobre el hecho de que se traicionara a toda esa gente que había aprovechado la oportunidad para decir: ‘La tierra es nuestra, las fábricas son nuestras’…que se había plantado repetidas veces y había dicho: ‘Vamos a tomar el control de nuestras propias vidas. ¿Por qué deberíamos luchar para que el patrón recupere el poder?”5
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Disolución y caída
La milicia del POUM que integra David es llevada a una encrucijada: o se disuelve y se integra al Nuevo Ejército Popular, o dejará de recibir armas de la columna soviética. La situación no ofrece alternativas. Si las armas continúan retenidas por el Partido Comunista el desgaste acabará con el proyecto antifascista. Bernard, uno de los milicianos, logra expresar con elocuente claridad las consecuencias de la demanda del Partido: la destrucción del espíritu revolucionario del pueblo. La milicia es el corazón de la lucha. Stalin nos teme porque quiere firmar tratados con Occidente, y ya lo ha hecho con Francia. O sea que para firmar tratados o llegar a acuerdos necesita mostrarse respetable y dar confianza. Si nos apoya a nosotros y a la revolución que hacemos perderá su respetabilidad, argumenta, y consigue el voto de la mayoría de sus compañeros en la improvisada asamblea. Las armas que reciben son obsoletas. David Carr, como Orwell, sufre una herida de bala. A diferencia del escritor inglés, David es víctima de un rifle que explota mientras instruía en su uso a combatientes bisoños. La crisis interna de la milicia, su fugaz deserción, le permitirá pensar en su condición de miliciano y romper, al término de sus experiencias fallidas con una brigada de advenedizos, el carnet de afiliación al Partido Comunista. En una carta escribe: “Stalin utiliza a los obreros como piezas de ajedrez, los cambia, los mueve y los sacrifica”.
La traición anunciada se consuma en Huesca. Los milicianos, con armas obsoletas y sin refuerzos, son abandonados a su suerte y caen, finalmente, bajo la furia de las fuerzas aliadas del fascismo; quienes logran sobrevivir a la refriega deberán rendirse. El POUM es declarada una organización ilegal y sus dirigentes son detenidos. La libertad, como en el poema de González Tuñón, devora a los muertos ofrendados en sacrificio.
Orwell apuntó, en su ensayo, que el desenlace de la guerra española se tramó en Roma, Berlín, Londres, París. La amenaza de un país en Occidente controlado por la clase proletaria los irritaba. Las grandes potencias impidieron ese avance. La mayoría de los obreros españoles, por otra parte, según el enfoque de Orwell, desconocían el uso del rifle (no existía en España el servicio militar obligatorio) y las probabilidades de vencer a los fascistas, en esas circunstancias, eran remotas o nulas.
¿Qué quedó de aquella guerra en un mundo que no ha logrado eliminar la amenaza solapada del fascismo?
Orwell en Recuerdos de la Guerra de España escribió una frase que retomó con idéntico tono en su obra maestra, 1984. Una frase corrosiva cuya vigencia brutal nos paraliza:
La teoría nazi niega específicamente que haya algo parecido a “la verdad”. No existe, por ejemplo, aquello que llamamos “la ciencia”, tan solo “ciencia alemana”, “ciencia judía”, etcétera. El objetivo tácito de este modo de pensar es un mundo de pesadilla en el que el líder máximo, o bien la camarilla dirigente, controle no solo el futuro, sino el pasado6.
En tiempos de la IA y de otras sofisticadas manipulaciones acaso a nadie le inquiete ya el control del tiempo en términos históricos, existenciales, metafísicos o filosóficos, y tampoco importe tanto, en esta sociedad automatizada, el peso y valor de la memoria o el poder transformador de las ideas.
Este breve ensayo fue escrito con la ilusión de creer que alguien lo leerá remedando la prometedora convicción de la nieta de David Carr, al momento de arrojar el puñadito de tierra española sobre el ataúd de su abuelo mientras recita unos versos del poema The day is coming de William Morris:
Únete a la batalla en la que ningún hombre fracasa/ porque aunque desaparezca o muera/ sus actos prevalecerán.
Gustavo Provitina: Nació en La Plata (Argentina) en 1971. Es Doctor en Artes por la Universidad Nacional de las Artes (UNA) y Licenciado en Realización en Cine, Video y TV por la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de La Plata. Docente universitario en la UNA (Universidad Nacional de las Artes) y en la Facultad del Arte (UNLP).
Citas bibliográficas
1Orwell, G. Recuerdos de la Guerra de España, Barcelona, Debate, 2016.
2Idem pág. 59
3Orwell G. Orwell en España Barcelona, Tisquets, 2003.
4Loach, K. Loach por Loach Buenos Aires, El cuenco de plata, 2023.
5Idem
6Orwell, G. Recuerdos de la Guerra de España, op.cit
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La Unión Soviética salvó la vida de muchísimos niños españoles que fueron acogidos durante la guerra civil mientras sus padres luchaban . Entre esos niños estaba también el hijo de la Pasionaria. El artículo intenta ensuciar al Partido Comunista. Los libros de Orwell también.